El puente amarillo

Puente amarillo

Ayer fue un día muy importante en la corta vida de mi hija Victoria. Durante 6 meses, más del 10% de su vida entera, había intentado cruzar un puente amarillo en el patio del Jardín de Niños. Ayer finalmente lo cruzó.

¿Porqué te lo comparto?

Porque todos tenemos puentes amarillos que cruzar, sea un problema de salud, un reto profesional, iniciar una familia, aceptar una pérdida o hacer frente a los retos que el día nos impone. 

No hay nada especial al otro lado del puente.

La satisfacción, la alegría, viene del hecho de cruzar el puente. De descubrirnos un poco más capaces. En la dicha de haber superado nuestro miedo, nuestra batalla.

Observa a quienes ya han cruzado el puente, pero no te compares.

Había otros niños que cruzaban ya el puente amarillo diariamente, como si de cualquier cosa se tratase, como un mero camino al resbaladero. Para nuestra hija era todo un reto. Siempre buscamos alentarla, pero sin que se sintiera presionada. Otros niños eran más grandes, o más altos, o tenían hermanos mayores, o simplemente más aventados. Sí la invitamos a que viera cómo cruzaban los otros el puente, para aprender cómo lo hacían y que viera que es seguro, pero no como una competencia.

Siempre es bueno aprender de quienes ya han logrado lo que queremos lograr. Conseguir un modelo o un mentor siempre será muy importante. Solo no caigamos en el error de compararnos, de querer la vida de otros o de sentirnos menos.

Aprender de otros te fortalece; Compararte te debilita.

Celebra el intento

Felicitamos a nuestra hija no solo ahora que lo cruzó, sino también cuando lo intentaba.

En el libro “Mindset” (mentalidad) de Carol Dweck menciona la importancia de tener una mentalidad abierta versus tener una mentalidad cerrada. Cuando tienes una mentalidad abierta cada fracaso lo entiendes como un proceso para llegar al éxito. El intentar y no lograr es parte del camino. Intentas, aprendes, intentas nuevamente. Por otro lado, con una mentalidad cerrada cada intento fallido te refuerza que quizá tú no naciste para cruzar puentes amarillos.

Celebra cada intento. Aprende y vuelve a intentar. Cada intento te ayuda a lograr cruzar el puente amarillo.

Disfruta el haber cruzado el puente.

Pueden ver la cara de felicidad de mi hija al haber logrado cruzar el puente. Está disfrutando ese momento, ese logro. Es importante permitirnos hacerlo.

En lo personal me ha tocado que después de haber cruzado puentes amarillos, enormes algunos, lo he minimizado después: “Gracias, no fue nada.”; “Sí, no sé porqué me mortificaba tanto, no era para tanto.”; “Sí, lo logré, pero me falló en… “. Y es que, a nadie le cae bien un presumido. A mí tampoco y no se trata de ser arrogante, pero sí creo que nos vamos al otro extremo, y no nos permitimos felicitarnos y decir “Gracias, me esforcé mucho y estoy muy feliz de haberlo logrado.”

Permítete disfrutar de haber cruzado el puente amarillo.

Sigue más allá del puente.

Después del puente está un resbaladero. Aún le da miedo usarlo sola. Ya lo hará. Pero solo si sigue después del puente.

Cada que cruzamos un puente crecemos, maduramos, nos fortalecemos. Disfruta el momento y luego sigue avanzando. Que ese grato recuerdo y la experiencia de haberte superado sirva para impulsar nuevos retos.

Ten siempre un puente amarillo que cruzar, observa a quienes lo han logrado anteriormente, celebra los intentos y entiéndelos como parte del proceso, felicítate por lograrlo y busca nuevos puentes.

Autor: Vicente Campos - Conferencista

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